Mensaje a los hombres mayores de 50

Disfrute de la vida y el sexo durante muchos años,  no permita que la próstata lo traicione

Antonio César Morere

Antonio César Morere

Soy un periodista operado hace seis años de cáncer de próstata, hoy totalmente restablecido. No he querido limitarme a agradecer mi curación a Dios y a los médicos que me trataron y seguir disfrutando de la vida y el sexo. He querido, además, que mi experiencia sirva para crear conciencia en torno de la prevención y lucha contra ese mal y, con ese propósito, escribí un libro, “Sólo para hombres”.

A partir de las estadísticas según las cuales la mitad de la población masculina mundial es atacada por el cáncer y otras enfermedades prostáticas, resultaba fácil advertir que el alcance del libro era limitado, pues resultaba materialmente imposible distribuirlo en todo el mundo y millones de hombres no llegarían a leerlo, ni a conocer siquiera su existencia. Entonces, para que mi experiencia resultara masivamente útil para que muchos mas hombres la pudieran aprovechar, aún fuera de las fronteras de mi país, la Argentina, edité un sitio en Internet, http://www.abcprostata.com.ar , de acceso libre y gratuito donde contesto, a partir de mi propia experiencia y sin cargo alguno, centenares de consultas que me llegan desde todos los países de habla hispana. Esta tarea me lleva mucho tiempo pero lo hago con la convicción de que el tiempo pudo haberse agotado para mi hace seis años y, si sigo vivo, bien puedo dedicar una buena parte del resto de mi vida a orientar a otros hombres para evitar que la próstata los traicione y el cáncer los ataque.

Ese es el sentido de las respuestas que envío a las consultas que recibo, algunas realmente conmovedoras, procurando llevar un mensaje de esperanza y demostrar que el cáncer de próstata no equivale a una inevitable sentencia de muerte sino que puede ser curable, especialmente si se lo aborda con una actitud preventiva que permita un diagnóstico precoz.

La clave de mi curación
Esa fue la clave de mi curación. Cuando acudí al médico, Dr. Jorge Malaspina, jefe de Urología del hospital Italiano de La Plata, comenzó por practicar un examen digital -o tacto rectal, como se lo suele llamar- que, mas allá de que pueda prestarse a alguna humorada, es una herramienta muy eficaz que le permite al especialista reunir valiosa información sobre el estado de la próstata: si la glándula está inflamada, si aumentó su tamaño normal y hasta recoge indicios sobre la presencia del enemigo más temible, el cáncer.
El urólogo observó algo anormal en mi próstata e indicó otros exámenes para poder arribar a un diagnóstico certero: una ecografía vésico-prostática y un análisis de PSA, sigla inglesa del antígeno prostático específico. Ambos estudios confirmaron la sospecha del médico: la próstata había aumentado de tamaño y el PSA se había elevado más allá del registro considerado normal para hombres de mi edad, de 4,5.

Había llegado el momento de confirmar la sospecha más sombría, mediante una biopsia. No conozco a la doctora Marta Jones. Tal vez no llegue a conocerla jamás. Pero fue ella quien, con su firma al pie del análisis de las muestras de mi próstata, me comunicó la mas siniestra noticia que haya recibido en toda mi vida. En apenas dos líneas sintetizó el resultado: “Infiltración por adenocarcinoma grados 1 + 1, con compromiso del 40% del parénquima prostático. No se observa compromiso capsular”.
Es decir, tenía cáncer, pero el Dr, Malaspina me alentó con datos optimistas: el desarrollo era incipiente (grados 1 + 1) y las células cancerosas no habían afectado la cápsula prostática. La consulta al urólogo había sido muy oportuna pues permitió el diagnóstico temprano de la enfermedad y -esto en fundamental- pudo ser descubierta antes de producir metástasis, según confirmó luego una ecografía y un centellograma óseo. Este dato es de vital importancia por cuanto si el cáncer es descubierto en su fase inicial, mientras sigue alojado dentro de la cápsula y no ha producido metástasis, esa circunstancia brinda al paciente firmes esperanzas de curación.
El urólogo eligió la cirugía para abordar mi caso. En principio acepté, pero antes consulté a otro especialista, el Dr. Carlos Arturo Bas, oncólogo del hospital Aleman quien, luego de evaluar todos los antecedentes, coincidió con el criterio del Dr. Malaspina. No fue la mía una actitud de desconfianza hacia mi urólogo, sino que cuando la propia vida está en peligro es prudente y aconsejable buscar otra opinión que nos brinde tranquilidad y oriente la decisión a adoptar.
La operación fue una prostatectomía radical, es decir, la extirpación quirúrgica de la próstata. Los hombres suelen -solemos- temer estas intervenciones por sus eventuales secuelas: impotencia sexual e incontinencia urinaria. Quise asegurarme que ello no ocurriría y planteé esta inquietud al Dr. Maslapina. No arriesgó demasiado en su respuesta pues, con un toque de humor, me dijo: “Hace 35 años que opero próstata y jamás he tenido un caso de incontinencia o impotencia. Espero que este no sea el primero”.

A festejar en las Islas Canarias
Y no lo fue. Ocurre que los avances registrados en la cirugía prostática determinan que esos casos sean cada vez menos frecuentes. También cuenta, por supuesto, la experiencia del cirujano, las características de la enfermedad y -muy importante para los creyentes- la ayuda de Dios. Que no me afectaba la incontinencia lo pude comprobar rápidamente, en cuanto me retiraron la sonda, antes de abandonar el hospital. Una vez dado de alta decidimos con mi mujer, Mary, ir a festejar mi curación a las Islas Canarias. Fue en Lanzarote, tierra de volcanes y viñedos, donde pude comprobar que tampoco se había presentado la temida impotencia.

Desde entonces y a mis 70 años llevo una vida absolutamente normal. Jubilado luego de 45 años de labor periodística, 23 como jefe de la página política del diario Clarín, sigo activo en mi oficio pero por mi cuenta, como director-editor del portal Parlamenta, en Internet, de comentarios y reportajes en materia política, económica e institucional; escribí un nuevo libro, “Misión cumplida, ¡quebraron la Argentina!”, donde examino la crisis que sufre nuestro país y sus consecuencias y -además de atender el sitio Abcprostata- en mis ratos libres practico natación y juego al tenis y al paddle, entre dos y tres horas tres veces por semana, en el Centro Galicia de Olivos y en el campo recreativo de la UTPBA, la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires. Con estos datos quiero demostrar que un diagnóstico de cáncer de próstata no significa que un abismo se abre a los pies del paciente.

Al llegar a los 50
No deseo presentarme como un ejemplo sino aportar un humilde granito de arena que permita a otros hombres evitar o superar el trance por el que yo he pasado, por momentos duro y difícil antes de arribar al resultado final con epílogo feliz. Todo hombre al cumplir 50 años, luego de los festejos del medio siglo de vida, apagar las velitas y cantar el happy birthday, debería tomar una firme determinación: “Voy a disfrutar de la vida y el sexo durante muchos años y no permitiré que la próstata me traicione”. Cumplir con ese compromiso resultará sencillo, no demandará más de dos horas cada año -entre la visita al urólogo y al laboratorio- y esas dos horas pueden significar muchos mas años de vida sana, sin el temible riesgo de contraer cáncer de próstata, además de neutralizar otras enfermedades prostáticas benignas.
Sólo es necesario consultar al urólogo una vez por año y realizar los estudios ya mencionados: tacto rectal, análisis de PSA y, eventualmente, ecografía y flujometría que mide la fuerza y el calibre del chorro miccional. Estas prácticas son las que permiten un diagnóstico precoz y separan las expectativas de una vida sana de la amenaza de la enfermedad y la muerte.

¿Quién puede estar dispuesto a hipotecar el futuro propio y de su familia por no perder dos horas cada año?
Aquí cabe aplicar aquel certero adagio que aconseja curarse en salud y acudir a la consulta anual sin esperar que se presenten los síntomas de la enfermedad pues, como el cáncer no presenta síntomas en su fase inicial, luego puede ser demasiado tarde.

Los adelantos que la ciencia ha puesto en manos de los médicos -a quienes no debemos dejar de ayudar, ayudándonos a nosotros mismos, mediante una actitud preventiva- no sólo le permiten al especialista formular diagnósticos tempranos y certeros, sino que también le brindan valiosas herramientas para desarrollar eficaces tratamientos. La técnica quirúrgica mucho avanzó en los últimos años, como quedó demostrado en mi operación y en millares de intervenciones que permanentemente se practican en todo el mundo. En cuanto a los tratamientos radiantes, es necesario tener en cuenta dos importantes innovaciones: la radioterapia tridimensional conformada y la braquiterapia con guía ecográfica, que consiste en la implantación de semillas radiactivas dentro de la próstata. Este procedimiento representa mucho menor riesgo de irradiación que afecte a tejidos vecinos, requiere una sola aplicación y no necesita internación: el paciente se interna por la mañana y por la tarde se va a su casa. El Dr. Carlos Nolazco, jefe de consultorios externos de Urología del hospital de Clínicas -el hospital escuela de la Universidad de Buenos Aires- el Dr. Miguel López y la Dra. Marcela de la Torre, integrantes del equipo multidisciplinario de braquiterapia del mismo establecimiento, ofrecen valiosa información sobre estos y otros tratamientos en los reportajes publicados en Internet, en el sitio Abcprostata.

En defensa propia
La próstata, a contrapelo de su nombre femenino, es una glándula estrictamente varonil.
Es propiedad privada del hombre pero, como el hombre mismo, no tendría razón de ser ni justificaría su existencia si sólo acompañara al hombre en soledad: la mujer forma parte de esta historia. La misión de la próstata es servir a la función masculina que alimenta la relación con la mujer. Sexo, eyaculación, espermatozoides, reproducción, son vocablos de uso corriente en el lenguaje prostático.

Es, entonces, una glándula dispensadora de placer y alentadora del amor. Con semejantes méritos a cuesta, la próstata debería ser honrada públicamente y consagrada como fiel exponente de la virilidad. Pero no siempre ocurre así. Mas allá de los 50, millones de hombres comienzan a cargar con una próstata que, en lugar de conducirlos por el apetecible camino del placer, se transforma en una fuente de padecimientos.
Pero no hay que desesperar. Tenemos médicos especialistas, investigadores, servicios hospitalarios públicos de excelencia junto con institutos privados, laboratorios, medicamentos y eficaces tratamientos. Todo ese arsenal está a nuestra disposición y sólo resta que hagamos un pequeño pero fundamental aporte, el de una conducta preventiva. En defensa propia asumamos, entonces, el firme compromiso de derrotar, juntos, al enemigo que pretende emboscarse traicioneramente en nuestra próstata.

Antonio César Morere

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